Con las cadenas de un tiempo irreversible, las tentaciones y las promesas conspiran contra el cielo.
Sombras de lo agridulce que carcomen a la memoria.
Nadie me salva de esta eutanasia, todos emigran por el olvido.
Y cada día observo aquel péndulo, ese momento de desesperación, una extraña paranoia que se envuelve entre mi destino y lo fugaz.
Vuelvo a caer en ese arrebato latente que desprende palabras sutiles al verte. Pensando estoy, inventándome otra calma, el suspenso palpitante que dejan tus neuronas exasperantes.
Y siempre es la misma historia. Ese momento de sinsabor y de razones desiertas junto al instante del alma abierta a que es mejor no existir…
Ese péndulo que juzga y juega con la pasión de vivir o morir; de esperar o renunciar; de derramar la sangre o sumergirse en un mar de fuego…
Diana Rodríguez Domínguez
01/agosto/06
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